Cambios

Todos los cambios, aun los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía Anatole France

Armas de bruja

Armas de bruja

Working voy, working vengo...

"Creo que trabajaré toda mi vida. Cuando te diviertes, ¿por qué dejar de divertirse?" Helen Thomas

Dones

Chateando // Chatting

Siento deciros que mi chat ha muerto y ahora mismo no tengo ganas ni tiempo para cambiarlo. Pero ya me conocéis, el día menos pensado pongo otro =P

Don"t worry..., be happy

La felicidad es la certeza de no sentirse perdido Jorge Bucay

Alma gótica

Amistades.... ¿peligrosas?

La amistad es un contrato por el cual nos obligamos a hacer pequeños favores a los demás para que los demás nos los hagan grandes Montesquieu

viernes, 9 de enero de 2009

Ataduras

Le vio llegar mientras le esperaba sentada en un banco del parque al lado de su casa. Estaba cogiendo el móvil para darle el toque protocolario que le avisaba de que estaba próximo a verla, cercano a sus brazos. Se levantó y le hizo un gesto con el brazo antes de que él marcara el número. Él sonrió al verla y apresuró el paso..., quería abrazarla cuanto antes, había sido un día duro.

- ¿Qué haces aquí con el frío que hace?, - dijo él mientras abría los brazos para acogerla entre ellos. Sin embargo, el abrazo fue frío, por eso él la apartó ligeramente de su refugio y, mirándole a los ojos le preguntó:

- ¿Pasa algo? Pareces nerviosa..., ¿alguna discusión con tus padres? ¿El jefe te ha hecho modificar algo? ¿Has discutido con...?

- No, no, nada de eso. - le contestó ella. - Eso sólo que..., bueno, tengo que preguntarte algo.

- ¿Y tan grave es? - le urgió él. Tenían el acuerdo tácito de que, en cuanto alguno de los dos notara que la relación se cargaba o era demasiado molesta e interfería en su vida cotidiana o simplemente ya no era feliz, debía decírselo al otro para replantear los términos o incluso terminarla. Sólo de pensarlo se le encogió el corazón.

- No, supongo que no. Bueno, no sé, - dudó; - sabes que nunca te he preguntado según qué cosas porque no me parecía adecuado pero es algo que necesito saber.

- Me estás asustando..., - le interrumpió.

- Si en el fondo es algo que siento como verdadero, tal vez sólo necesite oírlo para hacerlo más real. Me estaba preguntado si, bueno, ¿si serías capaz de dejarle por mí? No te lo voy a pedir ni nada, simplemente me pregunto si alguna vez te lo has planteado.

La miró y no pudo evitar enamorarse otro poco más de ella. Sus ojos seguían siendo claros, limpios, aun con esa incertidumbre, esa leve tristeza, parecían dos puntos de luz, dos remansos de paz en los que perderse y alejarse de las preocupaciones del día. Su cara seguía siendo igual de sincera, su media sonrisa le volvía loco, su risa, abierta, espontánea, que salía de esa boca que le esperaba siempre y nunca parecía saciarse. Sus manos, pequeñas, tiernas, casi infantiles. Y su cuerpo..., esa menuda calidez que le tenía hechizado... ¡¿Cómo no iba a quererla?! Sin embargo...

- Uhm..., - respondió él. - Sabes que no suelo pensar mucho en según qué cosas porque hay circunstancias que no se pueden cambiar. Sé que no es la respuesta que esperabas pero creo que pueda darte otra. Ya sé que tú sí lo harías pero...

- Vale, no pasa nada, lo entiendo, - le cortó ella. Le conocía demasiado bien y no se sentía mal del todo, sabía que ante según qué sentimientos, le era más fácil poner la máscara de chico impulsivo. Aún así, sí había una leve decepción..., parecía que él había cambiado tanto en los últimos meses...

Sin decir más, se cogieron de la mano y salieron del parque camino del apartamento. En él habían vivido momentos tristes, alegres, tiernos, apasionados, era su fuerte de salvación, sin embargo, ese día se les antojó un poco más frío que de costumbre. "Tal vez un poco de café viniera bien, al menos para calmar la situación", pensó él, así que se encaminó hacia la cocina, mientras ella recogía los abrigos.

- El café está listo, - dijo él mientras se acercaba al pequeño salón portando una bandeja con la cafetera, las tazas, el azúcar y la leche.

Y ahí se quedaron, la bandeja con la cafetera humeante con café recién hecho, las tazas, el azúcar y la leche fría, pues a ella le gustaba el café templado. Ahí se quedaron oyendo, respirando, viviendo, sintiendo cómo esa joven pareja oía, respiraba, vivía, sentía cada uno en sí mismo y cada uno a través del otro. Fue una tarde especial, ninguno de los dos había sentido tanta pasión, tanta ternura, tanta entregada concentrada en una sola tarde. No podían recordar cuándo había sido la última vez así, si es que alguna vez había habido alguna de ese modo.

Al final del día, próxima la hora de partir, recogieron las cosas, se lamentaron por el café desperdiciado y fregaron la cafetera entre los dos, "tú lavas, yo seco". Siempre así, siempre los dos, al menos en ese pequeño apartamento.

Ella le acompañó al coche, también era rutina en esos encuentros. Por el camino no dijo nada, era como si conversación previa no hubiera existido, tal vez fuera mejor, las cosas iban muy bien así, cada uno con su vida y esos momentos especiales, maravillosos, donde ambos podían ser ellos mismos sin importar nada más, donde el mundo dejaba de existir y sólo estaban ellos dos. Se había acostumbrado a ellos y no quería perderlos, así que sí, se convenció a sí misma, era mejor que no se lo hubiera planteado y ella procuraría olvidarlo también.

Un fugaz beso con la puerta del coche abierta, esperando a recibir a su dueño fue la breve despedida, como de costumbre. Ahora él bajaría la ventanilla del copiloto y le diría "hasta luego, hablamos mañana" y le lanzaría un beso, era lo que se esperaba siempre. Sin embargo, él bajó la ventanilla, le lanzó un beso pero no dijo "hasta luego", simplemente dijo...

- SÍ.

Tras lo cual arrancó y se encaminó a su vida normal, esa con su mujer y su trabajo, esa donde no había una compañera de fatigas, donde parecía que la risa no era posible, donde todo parecían ser problemas, donde se sentía atrapado, pero donde siempre estaba la esperanza de volverla a ver, de verse querido y apreciado por lo que era, con sus virtudes y sus miserias, siempre estaba la certeza de sentirla como suya aunque no lo fuera, de notar que se lo daban y lo daba todo. Al final, siempre estaba ella..., ella y su sonrisa, la que sabía que ahora mismo iluminaría su rostro.

Le vio marcharse y al principio no fue consciente de qué significaba ese "sí" que, aún apresurado y rápido, había sonado como la única palabra en el mundo. Tardó tres segundos escasos, el tiempo necesario para que él sonriera a través del retrovisor mientras veía cómo ella se giraba y se encaminaba hacía su coche, aparcado justo detrás. "Oh madre", pensó ella al darse cuenta de porqué había dicho ese y no pudo por menos de sonreír. Ahora ella volvería a su vida normal, con su marido y su trabajo, esa donde todo parecía tensión, ansiedad, donde todo parecía mal, donde nadie estaba contento y todo parecían telarañas, redes imposibles de cortar, esa donde siempre estaba la esperanza de volverle a ver, de verse querida y apreciada por lo que era, con sus virtudes y sus miserias, siempre estaba la certeza de sentirle como suyo aunque no lo fuera, de notar que se lo daban y lo daba todo. Al final, siempre estaba él..., él y su seriedad.

...Y hoy más que nunca.

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