Cambios

Todos los cambios, aun los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía Anatole France

Armas de bruja

Armas de bruja

Working voy, working vengo...

"Creo que trabajaré toda mi vida. Cuando te diviertes, ¿por qué dejar de divertirse?" Helen Thomas

Dones

Chateando // Chatting

Siento deciros que mi chat ha muerto y ahora mismo no tengo ganas ni tiempo para cambiarlo. Pero ya me conocéis, el día menos pensado pongo otro =P

Don"t worry..., be happy

La felicidad es la certeza de no sentirse perdido Jorge Bucay

Alma gótica

Amistades.... ¿peligrosas?

La amistad es un contrato por el cual nos obligamos a hacer pequeños favores a los demás para que los demás nos los hagan grandes Montesquieu

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Anhelos

Abrió los ojos y dedujo que sería media mañana por los reflejos que los rayos del sol producían a través de la persiana medio bajada de su habitación. Se estiró con cuidado tras lo cual se sentó en la cama suavemente. Abrazó las rodillas con sus brazos y apoyó la cabeza entre las mismas para finalmente dejarla entre ellas mientras la giraba hacia su izquierda. Ahí estaba él, dormido, su respiración calmada, susurrante así se lo indicaba. ¿Hacía cuánto que no se veían? ¿Uno, dos, tres meses, tal vez? El trabajo, las responsabilidades y las obligaciones de cada uno impedían que esos encuentros fueran todo lo habituales que ambos hubieran deseado y, sin embargo, cada vez que se encontraban era como si llevaran toda la vida juntos, sus movimientos, sus pensamientos, cada cosa que hacían era llevada a cabo con una coordinación tal que cualquiera hubiera supuesto que eran eso, amantes esporádicos, parecía como si estuvieran ensayando y practicando todos los días, como dos bailarines en la pista de baile, esos que llevan todo la vida juntos como pareja. Así eran ellos.

Estaba cansado, su rostro así lo reflejaba cuando llegó por sorpresa la noche anterior, así que le dejó dormir y se levantó a preparar el desayuno. Cogió su bata que se encontraba a los pies de la cama (esa mañana hacía frío) y esquivó las piezas de ropa repartidas por el suelo, ya las recogería luego. Dispuso un albornoz por si él se despertaba y se dirigió a la cocina donde comenzó a preparar el café y a tostar un par de croissants. Mientras exprimía un par de naranjas y licuaba un poco de piña, él apareció por la cocina, el pelo despeinado y con la marca de las sábanas en la cara, sólo llevaba sus slips puestos.

- ¿Por qué no me has despertado? Te habría ayudado con todo esto..., ¡qué bien huele!

- Parecías cansado anoche cuando llegaste y he preferido dejarte descansar un poco más. ¡Gracias! Espero que te apetezca un zumo recién hecho.

Desayunaron en silencio, uno frente al otro, en la pequeña mesa de la cocina. Durante todo ese rato no pararon de observarse, de mirarse, de verse, como si no lo hubieran hecho nunca, como si se acabaran de conocer, con la sensación de estar frente a un extraño pero al que parece que conoces de toda la vida. De pronto, algo nubló la vista en los ojos de ella, como un velo negro pronunció la pregunta que era inevitable, esa que ninguno deseaba hacer.

- ¿Cuándo te marchas?

- Mañana, no puedo quedarme mucho más.

Otro nuevo silencio mientras ella fregaba y él le ayudaba secando los pocos utensilios empleados en el frugal desayuno. Al terminar de recoger todo, él la tomó de la mano y la llevó directamente al dormitorio. No hicieron falta más palabras, sólo gestos, caricias, besos y abrazos entre ambos. Ninguno de los dos dijo nada a no ser aquello estrictamente necesario. Así pasaron el día, buscándose y encontrándose, perdiéndose y hallándose entre un mar de deseos y anhelos, disfrutando el uno del otro como la primera vez, como si el mundo acabara esa misma noche, como ahora, como siempre, como nunca.

A la mañana siguiente, él se despertó antes que ella, recogió sus cosas y se preparó. Antes de marcharse bajó a la calle y al subir dispuso todo para cuando ella se levantara. En la panadería había comprado un pequeño bizcocho de chocolate, su preferido. En la floristería había comprado una rosa de un morado intenso, una rareza que el dependiente le reservaba, cómplice del amor que sabía profesaba a una de sus mejores clientes. Había hecho un té al que había puesto tres cucharadas de azúcar, como a ella le gustaba y había escrito una nota en la que decía:

"Hasta la próxima vez, cuídate mucho princesa y sonríe,
cada una de tus sonrisas es un pequeño regalo que me llega con el viento.
Te anhelo y sabes que la respuesta es Sí..."

Leyó la nota mientras bebía el café y recogía las migas del bizcocho. La rosa le miraba desde el florero que él le había regalado la primera vez que uno de esos pequeños tesoros vegetales había venido de sus manos y ya eran unos cuantos, tantos como encuentros, tantos como despedidas, tantos como síes recibidos a la pregunta...

- ¿Te casarás conmigo?

Ese día más que ningún otro deseó que la respuesta se convirtiera en realidad. Ese día más que ningún otro anheló la vida que la enfermedad le estaba robando. Ese día más que ningún otro pidió porque ella muriera y él fuera libre, nunca la dejaría mientras estuviera viva, aun enferma y postrada en una cama, y eso le dolía más que no tenerle, aun sabiéndole suyo. Ese día más que ningún otro lloró por amarle y se odió por desear la muerte de alguien. Ese día deseó y anheló estar enferma...

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2 comentarios:

PatataPiloto dijo...

Ains... jo...
Me has dejao un poco plof...
Es bonito, pero triste..
:'(

Isa-chan dijo...

Uhm..., sabes que mis relatos tienen un fondo tétrico, y la verdad no entiendo porqué, supongo que es la nostalgia que aflora cuando escribo. Aun así, me alegro de que te haya gustado.

Para mi cumple falta...

Ideas // Ideas

Un hombre con una idea nueva es un loco hasta que la idea triunfa // A man with a new idea is a mad till the idea has success Mark Twain
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