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sábado, 4 de agosto de 2007

El castillo en la montaña

Salió de su habitación, decorada al estilo minimalista, prácticamente zen y se adentró en un pasillo de cuyas paredes empapeladas colgaban retratos familiares, circundados por armaduras medievales y cuyo suelo de madera se encontraba cubierto con una alfombra de seda con estampados de inspiración hindú. A cualquier extraño le hubiera parecido excéntrico, pero para ella tenía una razón, esa era su casa, así la había conocido en sus casi 500 años de vida y no iba a cambiar nada por respeto a sus antepasados, sólo se permitía esos lujos en su espacio privado, su habitación había cambiado según las épocas vividas pero el resto de estancias conservaban su esencia primigenia. Había un salón de baile rococó, un estudio decorado con aires del siglo XIX que era contiguo a una enorme biblioteca, la mayor que conociera el mundo mágico en los tiempos antiguos y en los actuales. Hasta había mazmorras con sus correspondientes salas de tortura pero que ella recordase, llevaban sin usarse siglos, o al menos ella nunca había visto que se hiciera.

Continuó andando por el pasillo hasta llegar al final, abrió entonces la puerta a su derecha y antes ella se dibujó su estancia favorita en el castillo, un salón de aire rural, con muebles de madera apoyados en paredes pintadas de un verde esmeralda capaz de iluminar toda la estancia con reflejos campestres. Se dirigió a la ventana y se sentó sobre el poyete. Su abuela lo había hecho tras un golpe de varita, al ver que la pequeña Bel se sentaba muy cerca de la ventana para disfrutar del calor y de los rayos del sol, como un gato en invierno. Así, ambas podrían disfrutar de las largas tardes otoñales, leyendo la una a la otra y viceversa, la abuela enseñando a la nieta y la nieta alegrando a la abuela con cada conjuro aprendido. Una lágrima cayó por su mejilla al recordar esos tiempos, ahora en el castillo sólo quedaba ella y es que la muerte alcanza hasta a los más longevos.

A lo largo de su vida había visto tantas muertes, había sufrido tantas pérdidas que aún se sorprendía al ver que su corazón era capaz de amar de nuevo y de vivir con esperanza. Decidió apartar esos sentimientos nostálgicos, ahora no era el mejor momento para dejarse llevar por la ternura, había cosas importantes que hacer. Salió de la habitación y abrió la pesada puerta que había enfrente. Se adentró en el estudio familiar y, al llegar a la mesa, abrió el primer cajón, tomó una pequeña llave y giró a la derecha, hacia lo que parecía una estantería más. Con un chasquido de dedos, la estantería se transformó en una puerta de roble, muy labrada, que se abrió tras transfigurarse. Bel entró en la biblioteca decidida, conocía lo que tenía que hacer, toda su vida había girado en torno a ese momento.

Llegó a su destino e introdujo la llave en lo que parecía ser una grieta en una estantería de madera, repleta de libros sobre pociones para crear jardines palaciegos. Un pequeño compartimento apareció ante ella y tomó el contenido de su interior. Consistía en un pequeño paquete cubierto de un paño de seda morada con el escudo de armas de su familia. Salió de la biblioteca, encaró el pasillo, bajó las escaleras de madera que conducían al piso inferior y, dejando atrás la entrada forrada de mármol blanco y obsidiana negra, a modo de un gran ajedrez, entró en la cocina. Que ella recordase, era la única estancia blanca de la casa, incluso su habitación estaba pintada de un color beige claro. Dejó el paquete sobre la mesa y, al hacerlo, se acercó a olisquearlo un enorme gato negro, con unos ojos verdes profundos, sabios.

- Buenos días, Oken, ahora te pongo el desayuno-, le dijo al gato, a lo que él respondió con un ronroneo profundo, grave y sonoro. Esa pequeña vida le había acompañado desde que tenía uso de razón, fue el regalo de sus padres el día que practicó sus poderes por primera vez y no recordaba ningún día de su larga existencia sin la sombra de ese gato tras ella. Era su amigo, su confesor, su guardaespaldas, no en vano los gatos son los mejores compañeros de las brujas. Le sirvió un tazón de sus galletas y al lado le colocó otro cargado de leche. Ella se hizo un té y se preparó un zumo de pomelo y un enorme tazón de cereales con yogur natural líquido, desayuno atípico para una bruja, pero no dejaba de ser el siglo XXI ahí fuera.

- Hoy es nuestro día, ¿has dormido bien? -, preguntó al gato, que respondió con un corto maullido y un movimiento breve de su cola.

Recogió los cacharros del desayuno al modo tradicional, hoy no podía gastar sus poderes en cosas innecesarias y se dirigió al piso superior a prepararse. Pero, antes de entrar en su habitación, tenía que hacer un par de cosas. Al llegar al descansillo del segundo piso tomó el pasillo del ala este (la biblioteca, el estudio, el saloncito y su habitación se encontraban en la oeste) y abrió la primera puerta a la derecha. El olor de los rosales en primavera inundó su cerebro, la habitación de su abuela seguía tal y como la recordaba, todo en ella era negro y morado, los muebles de madera de bengué resaltan sobre el color del pendón familiar. Abrió la puerta del armario situado al lado de la cama y tomó una funda para abrigo.

Tras abandonar la habitación de su abuela y, sin mirar atrás, caminó hacia el final del pasillo y abrió la puerta de la izquierda. La habitación de sus padres apareció azul ante ella, todavía persistía en ella el olor de su padre y eso que su muerte había acontecido hacía ya 250 años, pero su esencia permanecía. También la de su madre, en los óleos que colgaban en las paredes y que alegraban la estancia con los colores del arco iris. En este caso se dirigió a la cómoda y abrió el último cajón, cogió una caja de madera de cedro y con eso ello cruzó el pasillo, el descansillo y llegó a su habitación. Allí se encontró con Oken sentado sobre su cama, el paquete morado colgando de su boquita, tenía un aire curioso, casi travieso.

Se vistió con las prendas de ceremonia, abrió la caja y se colocó las joyas mágicas de la familia. Sacó de la funda la capa de su abuela y cogió la varita legendaria de su envoltura de seda. Ató al gato el collar con un cascabel que también contenía el paquete recogido en la biblioteca y bajó a la entrada.

- Buenos días, señorita -, saludó el mayordomo de la familia, que la esperaba en la entrada, al lado de la puerta principal abierta, mostrando un amanecer incipiente. - ¿Alguna orden antes de partir?

- Ninguna en especial, Néstor, tan sólo que si algo me pasara, avisa a algún familiar de mi madre y diles lo que ha ocurrido. Si eso ocurre, todo lo que ves alrededor será tuyo, cuídalo como tal porque si no regreso, conmigo se irán 4 generaciones de brujos.

- La cena se sirve a las 9, como siempre, hasta entonces señorita -, respondió el mayordomo como si no hubiera oído las últimas palabras y le tendió a su joven ama una bufanda de terciopelo morado, su sombrero y una escoba.

Sin decir más, Bel se colocó la bufanda, el sombrero, se montó en la escoba y salió volando. Oken saltó agilmente detrás de su dueña y se elevó con ella enfrentando el día que empezaba a nacer.

- Buena suerte, vuelva pronto, señorita -, susurró el mayordomo mientras se inclinaba al ver partir a la última de la saga de brujos a la que, desde tiempos inmemoriales, su familia había tenido el honor de servir.

La mañana se presentaba fría, ideal para un combate, pensó Bel mientras se dirigía hacia el sol naciente, la cita era en el campo de batallas de Oriente. Pero antes de tomar velocidad se detuvo un instante y miró hacia abajo, hacia el valle. El castillo coronaba una montaña abrupta, a los pies de la que descansaba un valle verde, en el que además de un río de aguas cristalinas y campos de cultivo y un enorme bosque de castaños, había un pequeño pueblo. En ese pueblo estaban los amigos de su infancia, enterrados ya bajo lápidas. En esa escuela conoció a sus compañeros de colegio, convertidos en polvo hace ya mucho tiempo. En esa iglesia se había casado y había celebrado los entierros de sus padres, su abuela y su marido, enterrados en el mausoleo familiar. Ese pueblo, aun conociendo su condición, estaba orgulloso de su familia, de ella y así se lo hizo saber cuando, al volver a retomar el vuelo, las campanas de la iglesia repicaron en señal de ánimo pues sus habitantes sabían que ella se dirigía a defender lo que para ella era más preciado, sus amigos, su casa, en definitiva, la vida.

Había sido convocada para la lucha final entre el Bien y el Mal y, como comandante de las fuerzas del Bien, debía luchar como un dragón alado, el símbolo de su familia, de su clan. Defender aquello en lo que creía, para lo que había sido preparada, eso era por lo que vivía y era el momento de demostrarlo. Y es que, aun con poder para destrozar a la raza humana, no todas las brujas que viven en el Oeste son malas...

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3 comentarios:

PatataPiloto dijo...

Ains... cuántos recuerdos tiene la... ¿muchacha? jeje, y eso que su padre murió hace 250 años :P
Me gusta Oken. Y esa brujita... tiene mucho de otra brujilla que yo me sé ;)

Isa-chan dijo...

Jeje, me alegro de que te guste el gatín, tiene nombre curioso, Oken es la inversa de "neko" que en japonés quiere decir gato, no se me ocurría otro nombre ingenioso o sonoro que ponerle al bicho. Por cierto, no me olvido de Melisandre, estoy pensando el siguiente cap ;D

PatataPiloto dijo...

Ostraaaaas, qué ocurrente, jejeje. Así que Neko, qué caña, no había caído :D
Y sí, no te disperses, que tenemos a Melisandre esperando :P (ye coña)

Para mi cumple falta...

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